Por NELSON MOREL
En cada proceso electoral aparecen figuras capaces de cautivar multitudes con discursos impecablemente elaborados. Dominan la palabra, emocionan con facilidad y convierten cada intervención en un espectáculo de aplausos.
Pero la República Dominicana se acerca al 2028 con una pregunta que ningún ciudadano debería ignorar: ¿vamos a elegir al mejor orador o al mejor ejecutor?
Durante décadas, la política ha demostrado que la retórica puede conquistar elecciones, pero no necesariamente resolver los problemas de la gente. Un discurso brillante puede durar una hora; una obra bien ejecutada puede beneficiar a una comunidad durante generaciones. La diferencia entre ambas es que una despierta emociones momentáneas, mientras la otra transforma realidades.
El país necesita líderes que no solo sepan describir los problemas, sino que puedan demostrar cómo los han enfrentado y cuáles resultados han obtenido. El verdadero liderazgo se mide por las escuelas construidas, los hospitales mejorados, el agua que llega a los hogares, la seguridad en los barrios, los empleos generados y la capacidad de administrar con eficiencia y transparencia los recursos públicos.
Los aspirantes que basen su campaña únicamente en promesas y en una oratoria seductora tendrán el desafío de convencer a un electorado cada vez más informado y exigente. Hoy existen herramientas para verificar trayectorias, evaluar gestiones y contrastar cada afirmación con hechos concretos. La credibilidad ya no puede sostenerse solamente en la fuerza del discurso.
Esto no significa restar importancia a la comunicación política. Un gobernante debe saber explicar sus ideas, inspirar confianza y comunicar una visión de futuro. Sin embargo, cuando las palabras no están respaldadas por resultados, terminan convirtiéndose en simples ejercicios de retórica. La confianza ciudadana se construye con coherencia entre lo que se promete y lo que realmente se hace.
En el 2028, la República Dominicana tendrá la oportunidad de elevar el nivel de su democracia. El voto debería premiar la capacidad de ejecutar, la eficiencia para resolver problemas y la transparencia en la gestión.
Obras
Las campañas pasarán, los discursos terminarán y los escenarios se desmontarán; lo que permanecerá serán las obras, las decisiones y sus consecuencias sobre la calidad de vida de la población.
La gran disyuntiva será sencilla de formular, pero trascendental para el futuro del país: ¿elegiremos a quien habla más bonito o a quien puede demostrar, con hechos verificables, que sabe transformar las palabras en realizaciones? Esa respuesta no la dará ningún candidato. La dará el pueblo dominicano con su voto.
Porque, al final, la historia no recuerda los discursos más largos; recuerda las obras que cambiaron la vida de la gente.
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