Por FRANCISCO ORTEGA
Lo que hoy vivimos en algunos espacios de la comunicación dominicana no nació con las redes sociales ni comenzó con los llamados influencers. Tiene raíces mucho más antiguas.
Hace décadas comenzamos a permitir algo que entonces algunos interpretaban como irreverencia, espontaneidad o simplemente una nueva manera de comunicar: la vulgaridad empezó a ganar espacio en los medios de comunicación dominicanos.
Ese proceso de normalización tiene también nombres propios, y sería incompleto hablar de sus consecuencias sin reconocer algunos de sus antecedentes.
Uno de ellos fue don Álvaro Arvelo hijo.
Mencionarlo no significa desconocer su extraordinaria capacidad intelectual ni disminuir el lugar que ocupó durante décadas en la comunicación dominicana. Hacerlo sería injusto.
Don Álvaro fue un hombre ilustrado, informado, estudioso, poseedor de una cultura extraordinaria. Su dominio de la historia, la política, los deportes, el cine, la literatura y los acontecimientos nacionales e internacionales hizo que muchos lo consideraran una verdadera enciclopedia humana.
Precisamente ahí aparece una de las grandes contradicciones de su legado.
Junto a aquella extraordinaria capacidad llegó también una manera de comunicar cargada de irreverencia, improperios, descalificaciones, expresiones ofensivas y ataques personales que contribuyó a desplazar límites que hasta entonces parecían establecidos en la radio dominicana.
Muchos lo escuchábamos precisamente por sus conocimientos, por su capacidad de análisis y por la cantidad de información que manejaba. Pero simultáneamente ocurrió algo que quienes vivimos aquella época podemos recordar: había momentos en que era necesario bajar el volumen de la radio o apagarla cuando había niños cerca.
Y nos acostumbramos.
Peor aún: lo permitimos y muchas veces hasta lo celebramos.
Ese fue quizás nuestro mayor error.
Lo que inicialmente podía provocar rechazo comenzó a producir indiferencia. Después llegó la imitación y, finalmente, la normalización.
Cuando una sociedad normaliza la vulgaridad, termina perdiendo la capacidad de escandalizarse ante ella.

Con el tiempo apareció además un fenómeno todavía más preocupante: algunos quisieron imitar aquella forma de comunicar, pero no necesariamente tenían detrás la formación, la cultura ni el conocimiento que poseía don Álvaro.
Se quedaron con el improperio y dejaron atrás la enciclopedia.
Y así continuamos avanzando.
Llegaron nuevos comunicadores, nuevos programas y posteriormente las plataformas digitales y las redes sociales. Cada generación encontró los límites un poco más desplazados que la anterior.
Hasta llegar al presente
Hoy vemos personas convertidas en referentes simplemente por su capacidad de generar ruido, controversias, reproducciones y seguidores. Para algunos, la vulgaridad dejó de ser un accidente dentro del discurso y pasó a convertirse en estrategia de comunicación, identidad e incluso modelo de negocio.
Mientras más escandaloso el mensaje, mayor posibilidad de hacerse viral. Mientras más hiriente la expresión, mayores las reacciones. Mientras mayor el conflicto, mayores las reproducciones.
La ecuación terminó siendo peligrosamente rentable.
Pero sería demasiado cómodo responsabilizar únicamente a los influencers actuales.
Ellos encontraron un terreno que ya estaba preparado: tierra árida, pero abonada durante años para cultivar sus desmanes, sembrar improperios y hacer del descrédito y del enlodamiento de la moral ajena parte habitual del espectáculo.
No crearon el fenómeno. Lo heredaron, lo explotaron y lo llevaron a niveles que quizás nunca imaginamos.
Estamos cosechando parte de aquello que durante décadas permitimos sembrar.
No pusimos límites cuando correspondía. Confundimos irreverencia con talento, popularidad con calidad, notoriedad con capacidad y libertad de expresión con ausencia absoluta de responsabilidad.
Aquello que no corregimos a tiempo creció.
Las redes sociales simplemente multiplicaron su alcance.
El problema que enfrentamos hoy, por tanto, va mucho más allá de preguntarnos quién está frente a un micrófono, una cámara o un teléfono celular. La pregunta que deberíamos hacernos como sociedad es mucho más incómoda:
¿En qué momento dejamos de exigirles a quienes tienen la capacidad de influir sobre miles o millones de personas la responsabilidad que acompaña semejante privilegio?
Los medios cambian, las plataformas evolucionan y los personajes pasan. Lo que permanece son las consecuencias de aquello que una sociedad toleró, convirtió en costumbre y finalmente dejó de cuestionar.
Hoy no estamos frente al comienzo del problema.
Estamos frente a sus consecuencias.
Sembramos tolerancia frente a la vulgaridad, dejamos que echara raíces y ahora nos sorprende la cosecha.
Sin embargo, todavía estamos a tiempo.
Estamos a tiempo de recuperar el valor de la palabra. De exigir respeto sin pretender censurar a nadie. De entender que defender la libertad de expresión no significa renunciar a la responsabilidad que debe acompañarla.
Y también estamos a tiempo de decidir qué clase de comunicación queremos dejar como referencia a las generaciones que vienen detrás de nosotros.
A la población pensante de nuestro país le corresponde dejar de guardar silencio.
No podemos permitir que el ruido de unos pocos termine pareciendo la voz de toda una sociedad.
Hay que cuestionar, educar, exigir calidad y, especialmente, dejar de premiar con audiencia aquello que después condenamos en privado. Cada reproducción, cada seguimiento, cada comentario y cada espacio que concedemos también contribuyen a determinar qué clase de comunicación prospera.
La responsabilidad no pertenece únicamente a quienes producen esos contenidos.
También pertenece a quienes los consumimos, los compartimos, los hacemos virales y terminamos convirtiendo a sus protagonistas en referentes sociales.
Aún estamos a tiempo de frenar esta degradación.
Aún estamos a tiempo de recuperar espacios.
Aún estamos a tiempo de impedir que lo vulgar termine aceptándose como normal, que el escándalo sustituya al talento y que el ruido termine imponiéndose sobre el pensamiento.
El país que recibirán las próximas generaciones también se está construyendo desde nuestros medios, nuestras redes y desde aquello que nosotros mismos decidimos aceptar, consumir y celebrar.
Todavía podemos cambiar la cosecha. Para lograrlo tendremos que dejar de sembrar indiferencia, dejar de premiar la vulgaridad y volver a exigir respeto, conocimiento y responsabilidad.
Aún estamos a tiempo.





