Por Jhonny Trinidad
En República Dominicana ya no hay un censor con sello rojo tachando párrafos. No hace falta.
La censura dominicana aprendió a ser más eficiente: no prohíbe, asfixia. No encarcela, desacredita. No manda a callar, manda a no contratar.
LA PUBLICIDAD COMO CORREA
La forma más vieja y más efectiva. En RD el Estado sigue siendo el gran anunciante. Y los grandes grupos económicos, el otro.
No te llaman para decirte «no publiques eso». Te llaman para decirte «vamos a revisar la pauta del trimestre que viene». El mensaje llega más claro que cualquier carta de censura.
Muchos directores no reciben órdenes. Reciben balances. Y aprenden a hacer el cálculo solos: si publico esto de este ministro, de este banco, de esta constructora, ¿cuántas nóminas pierdo?
Eso se llama autocensura, pero en realidad es supervivencia.

EL ACCESO COMO PREMIO
La segunda forma no es quitarte dinero, es quitarte acceso.
Si eres crítico, no te invitan al palacio, no te dan la primicia, no te cogen el teléfono. Si eres complaciente, eres «de los nuestros», entras, preguntas, transmites en vivo.
Así se crea una prensa de dos velocidades: la que tiene la foto con el funcionario y la que tiene la historia. La primera vive de declaraciones, la segunda tiene que fajarse buscando papeles.
Poco a poco, muchos eligen la foto.
EL LINCHAMIENTO DIGITAL COMO ESCARMIENTO
La tercera es la más moderna. No necesita al Estado. La hace la tribu.
Si tocas un tema intocable — una figura del entretenimiento, un líder religioso, un «empresario intocable», un partido con base fanática — no te cae una demanda, te cae una horda. Te hacen tendencia, te recortan un clip, te acusan de vendido, de traidor, de que «te mandaron».
No te censuran. Te hacen el costo tan alto por decirlo, que la próxima vez te lo piensas dos veces.
Y ahí, sin una gota de tinta roja, sin una ley de mordaza, sin un decreto, el silencio se instala solo.
Por eso en RD no vemos periodistas presos. Vemos periodistas cansados. Que saben lo que pasó, pero saben también lo que les cuesta contarlo.
Esa es la censura perfecta: la que no deja huellas, porque la ejerce el propio censurado sobre sí mismo.






