Por Jhonny Trinidad
Hay partidas que no avisan. Llegan en un mensaje de madrugada, en una llamada que no contestaste a tiempo, en una foto vieja que te sale sin buscarla. Y de repente entiendes que esa risa, ese “dime a ver”, ese abrazo que llegaba tarde pero llegaba, ya no va a volver.
Cuando un amigo se va para siempre, el mundo no se detiene. El metro sigue, el colmado abre, la vida exige que sigas. Pero por dentro algo se desacomoda. Es como si te quitaran una pieza del rompecabezas que eras tú con él. Te quedas con el borde, con la forma exacta de su ausencia.
Duele porque la amistad no tiene funerales oficiales. No hay acta de defunción que explique a la oficina por qué hoy no rindes igual. Nadie te da días libres para llorar a quien te enseñó a reírte de ti mismo. La sociedad entiende el duelo por padres, por hijos, por parejas. Pero el duelo por un amigo toca explicarlo. Y a veces ni uno mismo sabe cómo ponerle palabras.

Duele más cuando la partida es repentina. Cuando se quedan a medio camino los planes: el viaje que “hacemos el año que viene”, la cerveza que “debemos pendiente”, el consejo que ibas a pedirle. La vida te deja con la frase a mitad. Y aprendes, a la fuerza, que el “después” es un lujo que no siempre tenemos.
Pero también hay algo extraño que pasa después del golpe inicial. El amigo que se fue se queda. Se queda en tu forma de contar un chiste, en esa palabra que solo tú y él usaban, en la canción que ya no puedes escuchar sin sonreír y apretar la mandíbula a la vez. Se queda en los amigos que les quedan a ambos, porque los amigos en común se vuelven custodia de memoria.
Perder a un amigo para siempre te enseña dos cosas que ningún manual te dice:
1. Que el tiempo con la gente que quieres no es infinito. Nos criaron para despedirnos de abuelos, no de panas de 30, 40, 50. La muerte no respeta el guion. Por eso el “te quiero, bro” dicho a tiempo pesa más que mil coronas después.
2. Que recordar es un acto de amor, no de tortura. Al inicio, recordar duele. Después, recordar es la forma que tenemos de seguir conversando con ellos. Contar su historia, repetir su frase, defender su risa. Es la manera terrenal que tenemos de decirle a la muerte: “con él no pudiste del todo”.
No se supera. Se aprende a vivir con el hueco. Y ese hueco, con los años, deja de ser solo dolor. Se vuelve gratitud. Porque tuviste el privilegio de que alguien te eligiera como amigo sin contrato, sin sangre de por medio, solo por química. Y eso, en un mundo tan transaccional, es de lo más raro y sagrado que hay.
Así que si hoy tienes a tus amigos cerca, llámalos. Escríbeles una estupidez. Mándales ese meme que sabes que los hará reír. Diles “cuenta conmigo” aunque no te lo pidan.
Porque cuando se van para siempre, lo único que nos queda es haberlos querido bien mientras estuvieron.
Y eso, créeme, es todo.





