Por Manuel Vólquez
Las guerras siguen siendo la principal causa de inseguridad alimentaria aguda y malnutrición para millones de personas en todo el mundo y la confrontación del Oriente Medio amenaza con extenderla por países que no están en conflicto. Pero esa situación, al parecer, no les importa a los ambiciosos, insensibles y deshumanizados líderes de las potencias mundiales, que invierten millones de dólares en la fabricación de armas demoledoras, de corto y largo alcance, en viajes intergalácticos y otros inventos.
Los choques bélicos siguen siendo la principal causa del problema en Afganistán, Bangladés, República Democrática del Congo, Myanmar, Nigeria, Pakistán, Sudán del Sur, Sudán, Siria y Yemen, diez destinos que albergan a dos tercios de las personas que sufren hambre. Un reporte de la Red Mundial contra las Crisis Alimentarias correspondiente al 2024 advierte que Sudán y la Franja de Gaza concentraban el 95% de los casos más graves al borde de la hambruna. Esta situación incide en el agravamiento de la malnutrición, causadas principalmente por restricciones al acceso humanitario y desplazamientos forzados.
Aún hay 673 millones de personas que sufren hambre en el mundo, según estadísticas del 2025 publicada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El fenómeno disminuyó ligeramente en 2024, pero aumenta en África, región con unos 307 millones de persona y Asia occidental (integrada por Arabia Saudita, Armenia, Azerbaiyán, Baréin, Catar, Chipre, Emiratos Árabes Unidos, Georgia, Irak, Irán, Israel, Jordania, Kuwait, Líbano, Omán, Palestina, Siria, Turquía y Yemen), donde la cifra asciende al 12,7%, o más de 39 millones. Estas zonas también sufren los impactos del cambio climático.
En efecto, la ausencia de comida se ha duplicado en una década, con dos hambrunas declaradas el año pasado, dice un informe publicado por un consorcio que incluye a la ONU, la Unión Europea y ONG. Las proyecciones indican que para el 2030, habrán 512 millones de personas crónicamente sub-alimentadas, casi el 60% en África. Es una escena apocalíptica con resultados escalofriantes. El Sistema de Clasificación de la Seguridad Alimentaria (IPC, siglas en inglés) identificó hambrunas en el 2025 en Gaza y en ciertas regiones de Sudán. En total, 266 millones de personas en 47 países sufrieron inseguridad alimentaria aguda el año pasado, casi el 23% de la población analizada. Solo en 2025, unos 35,5 millones de niños padecían malnutrición aguda, de los cuales casi 10 millones enfrentan momentos muy críticos.
Según las élites del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), no se trata de una escasez de alimentos, sino de una falta de voluntad política para garantizar que los niños (yo agregaría también a los adultos), en todo el mundo, tengan acceso a una alimentación básica. Se ha advertido que la falta de comida seguirá siendo aguda en este 2026, agravada por las guerras, la variabilidad climática y la incertidumbre económica global, con efectos inmediatos en el Caribe o las islas del Pacífico.
América Latina no escapa a esa realidad. El 1 de agosto del 2024, se conoció la publicación Planes de Respuesta Humanitaria (HRP) en la que afirma que la ayuda humanitaria estaba muy lejos de alcanzar las metas establecidas para ese año debido a la baja financiación en el nivel de cobertura; solo se había cubierto el 7,8% de la financiación del Plan Regional de Respuesta a los refugiados y Migrantes venezolanos (RMRP), alrededor del 23% para Guatemala y Honduras, y casi el 26% para Colombia. La prevalencia de la inseguridad alimentaria muestra una disminución respecto a los años anteriores, llegando a los niveles previos a la pandemia Covid-19 de acuerdo con el Informe sobre la Inseguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo (SOFI 20242).
En esa línea, se estima que aunque en esa ocasión la situación de la región en su conjunto era la mejor con respecto a las otras áreas del mundo, hay grupos que siguen excluidos y muy expuestos al hambre, como los jóvenes, la población rural, las comunidades indígenas y afrodescendientes, y la comunidad migrante. De hecho, señala la publicación, en América Latina sigue aumentando el costo medio de una dieta saludable, siendo el destino del mundo con el costo más alto a paridad de poder adquisitivo. Dice el último Informe Global sobre Crisis Alimentarias que el flagelo, por igual, afecta a las denominadas comunidades desplazadas. Tomando en cuenta solo 59 países analizados en la documentación, más del 60% de la población migrante, refugiada o solicitante de asilo enfrenta una hambruna severa. (Fuente: América Latina, Inseguridad Alimentaria. Boletín Temático, 1 de agosto del 2024).
A la par con esta eventualidad, se da el contraste de que la población global de multimillonarios en dólares pasó de 2,723 en el 2021 a 3,110 en el 2026, un alza del 14% en cinco años. Se ha establecido que Europa ganará peso en el mapa mundial de multimillonarios entre 2026 y 2031, mientras América Latina perderá cuota relativa pese a sumar más ricos en términos absolutos, según una investigación de Wealth Report 2026 analizado por Euronews Business. Ellos nunca tendrán inseguridad alimentaria por el hecho de que la desigualdad social existirá para siempre, como el bien y el mal, ricos y pobres.






