Por Milton Olivo
En Santo Domingo Este, algo inusual comenzó a suceder. No fue un escándalo, ni una crisis, ni una promesa vacía repetida en campaña. Fue, paradójicamente lo contrario, el buen funcionamiento de la gestión pública lo que encendió las alarmas.
Las mediciones del gobierno central —frías, técnicas, inmunes a la emoción política— empezaron a colocar al gobierno municipal de Santo Domingo Este, entre los primeros lugares en transparencia, eficiencia, calidad de servicios y pulcritud administrativa.
Números que, en teoría, deberían generar consenso, orgullo y respaldo. Pero en la práctica, desataron otra cosa: incomodidad.
Porque en la política dominicana —y no solo dominicana— el éxito no siempre es celebrado. A veces, es percibido como amenaza por aquellos que su norte, su razón de existir es alcanzar posiciones, al margen de la conveniencia de la sociedad.
Al frente de esa gestión está Dío Astacio, cuya administración ha ido rompiendo inercias, obteniendo logros sostenidos, transformando positivamente la ciudad.
Y cuando una estructura acostumbrada a ciertas reglas comienza a cambiar, lo que emerge no siempre es apoyo: muchas veces, es resistencia.
Dentro del propio partido de gobierno, la lectura no ha sido uniforme. Para algunos sectores, una gestión que acumula éxitos y reconocimiento no es solo un logro institucional, sino un riesgo político. Temen que el fortalecimiento de una figura termine desplazándolos de sus posibilidades.
Y entonces aparece la reacción más antigua de la política: la alianza del miedo. Grupos que, en lugar de potenciar el activo político que representa una gestión, deciden por intereses personales y grupales torpedearlas, aunque esa acción, sea contrario al interés colectivo.
No es una conspiración sofisticada. Es, más bien, una lógica primitiva. Desde la otra acera, la oposición enfrenta un dilema aún más complejo. ¿Cómo cuestionar una gestión que, en términos medibles, funciona? ¿Cómo construir discurso cuando la realidad no ofrece grietas evidentes?
Ante esa ausencia de fallas estructurales, algunos sectores han recurrido a un libreto conocido: instalar la duda. No importa si es cierta, no importa si es comprobable. Lo importante es repetirla. «Difama, difama, que algo queda», decía el viejo axioma político.
Así, la crítica legítima —necesaria en toda democracia— se convierte en una herramienta de la decadencia, de la mediocridad, de lo antisocial, y lo antinacional.
Pero lo que ocurre en el fondo es más profundo que una simple pugna política. Es el choque entre dos culturas.
Por un lado, la cultura que se ha formado durante años en la normalidad de la corrupción, la impunidad, y la opacidad.
Por otro, una gestión que intenta operar con reglas distintas: transparencia medible, servicios evaluables, resultados verificables.
El problema no es solo que una parte del sistema se resista al cambio. Es que, en muchos casos, son contrarios a ese cambio. Porque su cultura, y su práctica histórica, están comprometidos con el más de lo mismo, no con el cambio que demanda la sociedad.
La paradoja es evidente: lo que debería ser el estándar, se convierte en anomalía. Y la anomalía, en objeto de sospecha.
Sin embargo, la historia —esa que se escribe más allá del ruido inmediato— suele ser menos indulgente con las mezquindades del momento. Porque al final, lo que permanece no son las intrigas internas ni las campañas de descrédito, sino los resultados tangibles: calles limpias, servicios eficientes, instituciones confiables.
En ese sentido, lo que hoy ocurre en Santo Domingo Este no es solo un episodio político. Es un síntoma de transición. Una señal de que algo está cambiando.
Y un evidente reflejo, de que todo cambio real, no llega sin resistencia.
El autor es escritor y analista político






