Por HECTOR RAMIREZ
En el gran salón del Washington Hilton, la noche parecía suspendida, como las lámparas que colgaban del techo, quietas, iluminando con precisión cada rincón de aquel espacio preparado para una gran fiesta.Una de esas noches en que todo brilla más de lo necesario: los trajes, las copas, las sonrisas, las palabras.
Era la White House Correspondents’ Dinner (Cena de Corresponsales de la Casa Blanca).
Una escena que recordaba la noche de San Juan, descrita por Joan Manuel Serrat…
allí, vistiendo sus mejores galas, juntos y sin distinción aparente, se mezclaban demócratas y republicanos, la aristocracia periodística y los que no pertenecen a ella.
Pero, en fin, todos juntos… como el noble y el gusano.La mesa principal estaba representada por la élite más poderosa del planeta, encabezada por el presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump.Minutos antes, la vocera de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, impecablemente arreglada y con una sonrisa que dejaba al descubierto la picardía de sus palabras, al preguntarle un periodista:—usted sabe que este hombre —Donald J. Trump— está listo para la pelea, ¿verdad?—sí, él está listo para la pelea… esta noche será el clásico Donald J. Trump… habrá algunos disparos.Risas… aunque ella hablaba en sentido figurado, parecía ser una premonición.Se inicia el evento.
Los mozos empiezan a servir la entrada, el vino, el champán.
Las bandejas pasan de mano en mano; los brindis se repiten; las dentaduras brillan más que la luz de las lámparas.
Algunos, entre risas, dirían: si esto es la entrada… el plato principal debe ser memorable.Y de repente—un disparo.Luego otro.Y otro más.En segundos, todo se descompone.Lo que era gala se vuelve caos.Guardias fuertemente armados irrumpen en el salón.
El movimiento es brusco, sin explicación, sin pausa.El Servicio Secreto se lanza sobre el presidente, prácticamente lo levanta en vilo; en medio de la carrera, tropieza, cae… y lo levantan.
Al vicepresidente lo levantan de su asiento, tirándole de la fina chaqueta, le hablan con urgencia y lo sacan del salón.La élite tiene quien la proteja.El resto no.Mientras que los demás, que llenaban el salón, los que no tenían quién los sacara de allí, los que quedaron a su suerte—se tiraban al piso.
Debajo de mesas.
Detrás de sillas.
Pegados al suelo, con la boca pegada donde antes pisaban, no como quien besa la tierra en señal de reverencia, sino por miedo.Algunos lloran.
Otros entran en pánico. Muchos buscan, desesperados, cualquier refugio.Como el avestruz que esconde la cabeza… pero sin tierra donde ocultarse.Y en ese instante—incluso los que nunca han creído le piden a Dios por su vida.Porque es el único que puede salvarlos.Y luego…termina.El ruido se apaga.
Las luces siguen ahí.
Las paredes no se movieron.
El salón continúa siendo el mismo.Y poco a poco, como zombis, se van incorporando los del grupo de los demás y retornan a la vida.
Mañana, la fiesta ha de continuar.
Y como diría Alberto Cortez: “y qué suerte tuvieron de nacer… los de la gala”.
La suerte que no tuvieron los nacidos en Gaza, como los más de 64,000 niños muertos o mutilados, cifras que ya no caben en la conciencia… solo en los reportes.Suerte que no tuvieron aquellas 168 niñas, cuyo “Hilton” era una modesta escuela, arrasada por un misil que apagó sus vidas en segundos.Se acabó.Por una noche, se olvidó que cada uno es cada cual.Pero amanece…y el pobre vuelve a su pobreza, y el rico a su riqueza, y el cura a sus misas.Y el mundo sigue… para los de la gala. Para los niños de Gaza, terminó.






