Por: José Manuel Antigua Cabrera
En medio del deterioro progresivo de la seguridad ciudadana, surge una comparación incómoda pero necesaria: la diferencia entre los carteristas de antaño y los delincuentes violentos que hoy dominan las calles. No se trata de justificar el delito, sino de analizar cómo incluso dentro del crimen existían códigos que hoy han desaparecido por completo.
Los carteristas pertenecían a una rama conocida como “los piadosos”, una categoría delictiva que se basaba en la habilidad, el engaño y la astucia, aprovechando la ingenuidad o el descuido de las personas. Su accionar no implicaba violencia física ni amenazas directas. El engañado conservaba su integridad corporal, aunque perdiera sus pertenencias.
Dentro de esta rama también se encontraban los estafadores de la ruleta, “la colorá”, el supuesto anillo de oro y otras modalidades que explotaban la confianza ajena. Los carteristas, en particular, se beneficiaban de las multitudes: eventos públicos, paradas de autobuses y lugares concurridos. Operaban de manera sigilosa, sin causar daño físico, sin armas y sin terror.
Muy distinto a lo que ocurre hoy.
Los delincuentes actuales han evolucionado hacia una violencia extrema. Ya no roban: asaltan a quemarropa. No les importa ser vistos, no temen a las consecuencias y son capaces de matar si la víctima se resiste. En los peores escenarios, matan primero y revisan después. No existe piedad ni códigos. Por eso, no pertenecen a la rama “piadosa”.
Los piadosos, aun siendo delincuentes, sentían vergüenza y miedo al ser descubiertos. No tenían integridad moral, pero sí un límite: el respeto físico hacia sus víctimas. Los carteristas eran malditos, pero los asaltantes de hoy son asesinos.
Hubo un tiempo en que se podía caminar de noche. Los carteristas operaban de día y cenaban en la noche con el dinero ajeno, sí, pero lo hacían en la mesa de su hogar, junto a su familia. Los delincuentes de hoy cenan en las calles, al acecho, esperando a cualquier ciudadano para despojarlo de todo, incluso de la vida.
Otra diferencia crucial está en la relación con la autoridad. El carterista no se resistía al ser descubierto; negaba, discutía, pero no disparaba. No había intercambios de balas con la policía. Caminaba tranquilo hacia el destacamento cuando era arrestado. Hoy, el delincuente enfrenta a las autoridades con armas de guerra y sin temor a morir o matar.
Los delincuentes de hoy no se comparan con los carteristas del pasado.
En estos tiempos, no queda más que rezar para no encontrarse con los asaltantes modernos, porque con los de antes, al menos, uno se daba cuenta de que lo habían carteriado… cuando llegaba a su casa.





