Por Danny Pujols
El 28 de febrero del presente año, Israel y los Estados Unidos iniciaron una ofensiva militar conjunta con el objetivo declarado de eliminar lo que consideran amenazas provenientes de la República Islámica de Irán. Los bombardeos marcaron un punto de inflexión en la región, provocando la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jameneí, y acelerando la expansión del conflicto a gran parte de Oriente Medio.
Desde entonces, la confrontación ha escalado peligrosamente. Irán ha respondido atacando territorios árabes donde Estados Unidos mantiene bases militares, mientras que Israel ha extendido sus operaciones a países aliados de Teherán, como el Líbano. El conflicto ya no es local: es regional, con repercusiones globales.
En medio de este escenario internacional surge una figura que, a primera vista, parecería distante del conflicto: Luis Rodolfo Abinader Corona, presidente constitucional de la República Dominicana. Sin embargo, su nombre no es ajeno a esta coyuntura.
Abinader es de origen libanés. Su padre, José Rafael Abinader, y su madre, Rosa Sula Corona, le transmitieron una identidad profundamente vinculada a la diáspora árabe. Su abuelo paterno, José S. Abinader, inmigró al país en 1898 desde el Líbano, y su abuela, Esther Wassaf, nació en Montecristi, hija de padres libaneses.
El propio presidente ha expresado públicamente su orgullo por esos orígenes. En su discurso de toma de posesión, evocó con emoción la historia de su familia y el legado de sus abuelos. No fue una mención casual, sino una reafirmación identitaria.
Hoy, ese mismo pueblo del que provienen sus raíces —el Líbano— se encuentra bajo bombardeos en un conflicto donde confluyen los intereses de Israel y Estados Unidos. Y ahí surge la verdadera encrucijada.
El comportamiento del Gobierno dominicano frente a Washington no ha pasado desapercibido. En el pasado reciente, durante la crisis entre Estados Unidos y Venezuela, la administración Abinader permitió la utilización de aeropuertos dominicanos para operaciones vinculadas a las fuerzas estadounidenses. Fue una señal clara de alineamiento estratégico.
La pregunta incómoda es inevitable:
¿Qué postura asumiría Abinader si la administración estadounidense solicitara apoyo militar dominicano para una operación conjunta contra Irán o el Líbano?
No se trata solo de una hipótesis geopolítica. Es un dilema ético, histórico y político. Entre la lealtad diplomática a una potencia aliada y el peso simbólico de los orígenes familiares, el margen de maniobra se estrecha.
Gobernar implica tomar decisiones difíciles, pero algunas decisiones no solo se miden en términos estratégicos, sino también en términos morales y de identidad. En un mundo cada vez más polarizado, la neutralidad se vuelve frágil y el silencio también comunica.
La historia no suele juzgar a los líderes por lo que dijeron, sino por lo que hicieron —o permitieron— cuando el contexto los puso a prueba.
La encrucijada está planteada.
El tiempo, y los hechos, dirán cuál camino se elige.







