Por Jesús Antonio Fernández Olmedo
La utilización de discursos vacíos, cargados de insultos, ataques personales y humillaciones al adversario, se ha convertido en una práctica dominante dentro de amplios sectores de la élite política contemporánea.
Este tipo de retórica encuentra terreno fértil en sociedades profundamente frustradas: ciudadanos que no han alcanzado niveles dignos de salud, educación para sus hijos o para sí mismos; personas que no logran pagar una hipoteca o un alquiler, que no llegan a fin de mes y viven atrapadas en problemas ya demasiado conocidos. En ese contexto, los mensajes simplistas e infantiles terminan calando, y es así como muchos terminan eligiendo a verdaderos esperpentos políticos.
No los eligen todos, por supuesto, pero sí una parte significativa de la población, en sociedades que avanzan de crisis en crisis sin lograr ver la luz al final del túnel. La frustración acumulada lleva a muchos a aceptar este circo político al que ya nos han acostumbrado ciertos líderes, auténticos imitadores modernos de Calígula.
Nada de esto es nuevo bajo el sol. Lo verdaderamente preocupante es que, en los tiempos actuales, estos personajes se aventuran a promover guerras y conflictos que pueden arrastrar a la humanidad hacia escenarios extremadamente peligrosos.
Muchos de estos dirigentes se presentan como empresarios exitosos, cuando en realidad arrastran un historial de bancarrotas y fracasos empresariales. No son tan inteligentes como pretenden, y con el tiempo esto se irá evidenciando, si es que llegamos a vivir lo suficiente para seguir contemplando este circo permanente.
Se construye entonces un auténtico shock comunicativo en los medios de comunicación, ante el cual gran parte de la población no responde con análisis crítico, sino con un bloqueo de su propia conciencia. Este tipo de bombardeo psicológico, basado en estructuras oracionales simples y repetitivas, es una técnica ampliamente utilizada en estrategias de guerra.
Muchos de estos líderes se presentan como astutos e iluminados, cuando en realidad no han trabajado de manera honesta ni cuentan con formación académica sólida que respalde sus discursos grandilocuentes.
Este fenómeno no puede combatirse de manera individual. Para enfrentarlo se requiere la unión sincera de los pueblos, una sintonía colectiva que permita salir del agotamiento al que hemos sido sometidos. Debemos unirnos no solo por dignidad política, sino por nuestra propia supervivencia y la del planeta.







