Es tiempo de despertar y abrir los ojos

Por JOSE ÁLVAREZ VALLEJO 

Nuestra diáspora necesita reflexionar sobre el verdadero significado del liderazgo y el servicio. No confundamos el deseo de participar con la necesidad de protagonismo, ni la influencia con el compromiso de trabajar por el bien común.

A veces dedicamos demasiado tiempo a ocupar espacios, a expresar opiniones y a buscar reconocimiento, mientras dejamos en segundo plano lo verdaderamente importante: trabajar unidos para mejorar nuestra comunidad.

El liderazgo no consiste en imponer temor, alimentar diferencias ni buscar minutos de gloria. Consiste en construir confianza, tender puentes, servir con honestidad y demostrar con hechos aquello que tantas veces expresamos con palabras.

También debemos preguntarnos con sinceridad: ¿estamos sirviendo por convicción o esperando siempre algo a cambio? ¿Buscamos el bienestar colectivo o estamos permitiendo que los intereses personales condicionen nuestro compromiso?

La unidad no significa justificarlo todo ni respaldar cualquier comportamiento. Significa aprender a caminar juntos, actuar con transparencia y defender los principios que nos permiten crecer.

La Biblia nos recuerda: «Por sus frutos los conoceréis». Y esa es una gran verdad. Nuestro valor no está en los títulos, las fotografías, los reconocimientos o los aplausos, sino en las obras y en el bien que somos capaces de hacer por los demás.

No gastemos la vida persiguiendo posiciones, influencias o reconocimientos pasajeros. El tiempo avanza, los cargos terminan y los aplausos desaparecen. Lo que verdaderamente permanece es la huella que dejamos, las personas que ayudamos y las vidas que tocamos con nuestras acciones.

Y, por encima de todo, no descuidemos nuestra relación con Dios. Jesucristo nos enseñó que el verdadero camino está en servir, amar, perdonar y compartir el mensaje de salvación. La mayor satisfacción no debería ser cuántas personas nos conocen, sino cuántas pudieron recibir algo bueno de nosotros.

Nuestra diáspora necesita más compromiso y menos protagonismo; más generosidad y menos intereses personales; más transparencia, respeto y voluntad de construir.

Hagamos una pausa y examinemos nuestro corazón. Siempre estamos a tiempo de corregir el rumbo, reconciliarnos, sanar nuestras diferencias y aportar algo positivo.

No olvidemos que nuestra vida es pasajera. No vinimos al mundo para competir por reconocimientos, sino para dejar una huella que tenga sentido.

Porque al final, los cargos pasan, las posiciones se olvidan y la gloria humana se desvanece. Pero las buenas obras, el amor sembrado y las vidas que ayudamos a transformar, permanecen para siempre.

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