Por JHONNY TRINIDAD
Es la pregunta que duele y que nadie quiere responder en voz alta. No porque sea difícil, sino porque la respuesta nos acusa a todos.
Haití no es un país que el mundo olvidó. Es un país que el mundo decidió dejar de mirar. Y hay una diferencia abismal entre olvidar por distracción y abandonar por conveniencia.
Cada vez que Puerto Príncipe se hunde un poco más — una masacre, un secuestro colectivo, un hospital cerrado, un nuevo millón de desplazados — la reacción internacional es la misma coreografía vacía: un comunicado de preocupación de la ONU, una declaración del Departamento de Estado, una reunión del Consejo de Seguridad que termina sin votos, y silencio. Un silencio que en Haití suena a disparos.
¿Por qué no hay piedad? Porque la piedad requiere identificar una víctima. Y el mundo hace tiempo dejó de ver a Haití como víctima. Lo ve como un problema crónico. Como un paciente terminal del que todos se cansaron.
EL PECADO ORIGINAL
Nada de lo que le pasa a Haití se entiende sin 1804. Fue la primera nación en liberarse de la esclavitud por sus propios esclavos, derrotando al ejército de Napoleón. Esa osadía nunca le fue perdonada.
Francia le impuso en 1825 una indemnización de 150 millones de francos oro — el equivalente hoy a más de 20 mil millones de dólares — por el “daño” de haber dejado de ser esclavos. Haití pagó esa deuda hasta 1947. Durante 122 años, el país que inventó la libertad tuvo que pagarle a sus amos por haber sido libre. Ningún país en la historia moderna nació con una losa financiera tan brutal.
Estados Unidos, que temía que su ejemplo se contagiara a sus propios esclavos, no reconoció a Haití hasta 1862. Luego lo ocupó militarmente de 1915 a 1934, se llevó su oro, reescribió su constitución para permitir que extranjeros compraran tierras y creó el ejército que después se convertiría en sus verdugos.
Haití no es pobre. Fue empobrecido. Y esa es una verdad que a la comunidad internacional le incomoda recordar, porque implicaría reparación, no caridad.
EL NEGOCIO DE LA AYUDA
Haití es el país con más ONG per cápita del mundo. Después del terremoto de 2010, se prometieron 13,000 millones de dólares. Se recaudaron más de 9,000. ¿Cuánto llegó a manos haitianas? Según un estudio de la propia USAID, menos del 1% de la ayuda humanitaria fue a organizaciones haitianas. El resto volvió a contratistas estadounidenses, canadienses y europeos.
Vimos hospitales de campaña que costaban un millón de dólares al mes, todoterrenos blancos de la ONU, consultores que cobraban 1,500 dólares diarios para enseñar a haitianos a lavarse las manos. La industria de la ayuda convirtió la miseria haitiana en empleo para extranjeros.
Cuando el escándalo de Oxfam, el cólera introducido por los cascos azules de Nepal que mató a 10,000 haitianos sin que la ONU pidiera perdón formalmente ni pagara compensaciones, y las casas de la Cruz Roja que nunca se construyeron se hicieron públicos, el mundo no sintió indignación. Sintió fatiga.
La narrativa cambió de “ayudemos a Haití” a “nada funciona en Haití”. Es más fácil culpar a la víctima que auditar al salvador.
NO TIENE NADA QUE EL MUNDO QUIERA
Seamos cínicos y honestos: la geopolítica se mueve por intereses. Ucrania tiene trigo, gas y una frontera con Rusia. Gaza tiene gas y está en el corazón de Medio Oriente. Taiwán tiene semiconductores. Venezuela tiene petróleo.
¿Qué tiene Haití? Nada que interese a un mercado. No tiene petróleo, no tiene minerales raros en cantidades comercialmente atractivas, no tiene un enemigo nuclear. Solo tiene gente. Once millones de gente negra, pobre y que no vota en las elecciones de Florida, Michigan o Francia.
Por eso la respuesta siempre es una misión keniana mal financiada de 2,500 policías, que llegan sin equipos, sin salario y sin mandato, para enfrentar a 200 pandillas que tienen más fusiles de asalto que el propio Estado. Es la intervención más barata posible para poder decir “estamos haciendo algo” sin tener que hacer nada.
Haití es estratégicamente irrelevante. Y en el capitalismo de la atención global, lo irrelevante no merece piedad, merece indiferencia.
RACISMO
Si esto pasara en un país europeo, con 5.8 millones de personas con hambre aguda, con el 85% de la capital controlada por pandillas, con niñas violadas como arma de guerra, ¿habría tres comunicados al año? Habría puentes aéreos, portadas, cumbres de emergencia.
Pero son haitianos. Y en el inconsciente colectivo occidental, construido durante siglos, el sufrimiento negro es normal. Es folklórico. Es casi esperado. Vemos las imágenes de Puerto Príncipe y pensamos, sin decirlo: “es lo que pasa allá”. Hemos naturalizado que el infierno queda en Haití.
El anti-haitianismo tampoco es solo externo. La propia élite haitiana, que vive en Pétion-Ville con plantas eléctricas privadas y seguridad armada, y la élite dominicana que ha hecho del anti-haitianismo una política de Estado, comparten la misma lógica: Haití es un país ingobernable por culpa de los propios haitianos. Es la coartada perfecta para no asumir responsabilidades.
MIEDO A LA VERDADERA SOLUCIÓN
Apiadarse de verdad implicaría actuar de verdad. Y actuar de verdad en Haití no es mandar arroz y policías. Es desmantelar un sistema.
Implicaría perseguir el tráfico de armas que sale de Miami y llega a Puerto Príncipe — según la ONU, el 90% de las armas de las pandillas son estadounidenses — y nadie en Washington quiere tocar el lobby de las armas por Haití.
Implicaría sancionar de verdad a los políticos y empresarios haitianos que financian a las pandillas, muchos de los cuales tienen residencia en Miami, Montreal y París. Implicaría congelarles las cuentas.
Implicaría entender que no puede haber elecciones cuando no hay Estado, y que no puede haber Estado cuando la solución que se impone siempre es la misma élite corrupta que causó el colapso.
Pero eso cuesta dinero, cuesta capital político y, sobre todo, cuesta admitir que la comunidad internacional es parte del problema.
Entonces, ¿por qué nadie se apiada de Haití?
No es por falta de información. Es por exceso de culpa. Nos hemos convencido de que es un caso perdido para no tener que admitir que nosotros ayudamos a perderlo.
Haití no necesita nuestra piedad. La piedad es vertical, es condescendiente, es mirar desde arriba. Haití necesita justicia. Y la justicia es horizontal. Es reconocer una deuda histórica, cerrar el negocio de la miseria y devolverle a los haitianos lo único que nunca se les ha permitido tener: el derecho a construir su propio Estado, sin que nadie desde afuera venga a cobrarles por ello.
Mientras sigamos preguntándonos por qué nadie se apiada, la pregunta correcta sigue esperando: ¿cuándo vamos a empezar a respetar a Haití?





