Por JHONNY TRINIDAD
Durante décadas República Dominicana ha cometido el mismo error estratégico: creer que el trabajo bien hecho habla por sí solo. Que acoger, que invertir, que tolerar, que cargar con un costo desproporcionado, es suficiente. No lo es. En el mundo actual no gana quien tiene la razón, gana quien cuenta mejor la historia. Y nosotros no la estamos contando.
EL PELIGRO DE DEJAR QUE OTROS NARREN POR NOSOTROS
Toda nación tiene una historia oficial y otra que le imponen. Cuando un país renuncia a narrarse, otro ocupa ese vacío. Y lo hace con sus propios intereses, sus propios traumas y sus propias simplificaciones.
A República Dominicana le está pasando exactamente eso. Mientras el país hace un esfuerzo extraordinario en salud, educación, comercio y seguridad fronteriza en un contexto regional extremadamente complejo, afuera se ha instalado una narrativa simple, binaria y moralmente cómoda para muchos: una isla dividida entre víctimas y victimarios. Y a nosotros nos tocó el papel de villano.
Esa narrativa no resiste un análisis serio, pero no necesita resistirlo. Solo necesita repetirse. En organismos internacionales, en editoriales de periódicos que nunca han pisado Dajabón, en informes de ONGs que no distinguen entre nacionalidad y apatridia, en documentales con música triste y datos sacados de contexto. El relato del villano es más vendible que la complejidad del vecino que sostiene lo insostenible.
LA TRAMPA DE LA CULPA HISTÓRICA
Hay una segunda capa más profunda. Al mundo le encanta una historia de redención colonial. Y en esa historia, siempre necesita un culpable cercano. Es más fácil señalar a República Dominicana que señalar a las potencias que por dos siglos han abandonado a Haití, que le cobraron una deuda de independencia impagable, que intervinieron, que se fueron, que volvieron a intervenir y que hoy miran desde lejos.
Convertir a República Dominicana en el villano le sirve a todos menos a nosotros. Le sirve al que quiere lavarse las manos. Le sirve al que necesita una coartada para no hacer nada. Le sirve al que quiere explicar la tragedia haitiana sin mencionar su propia responsabilidad histórica.
Y mientras tanto, nosotros, con una mezcla de arrogancia y timidez, respondemos tarde, mal y solo a la defensiva. Solo reaccionamos cuando ya nos condenaron.
LO QUE NO HEMOS SABIDO CONTAR
No hemos contado que somos el único país del mundo que comparte isla con un Estado colapsado y que, aun así, ha mantenido estabilidad, crecimiento y democracia.
No hemos contado que ningún otro país en desarrollo destina el porcentaje que destinamos a atender población extranjera irregular en sus hospitales, escuelas y programas sociales, sin recibir un solo dólar del sistema internacional para eso.
No hemos contado que la sentencia de 2013 no creó apátridas, que el Plan de Regularización fue el más amplio de la región, que tenemos una de las políticas de naturalización más activas del Caribe, y que confundir migración con racismo es una forma de racismo intelectual.
No hemos contado nuestra propia negritud, nuestra propia mezcla, nuestra propia historia de invasiones, de ocupaciones, de lucha contra potencias, de solidaridad real con Haití en 2010 cuando fuimos los primeros en llegar y los últimos en irnos.
No contamos porque creemos que contar es hacer propaganda. Y no es propaganda. Es soberanía narrativa.
EL SILENCIO NO ES NEUTRALIDAD, ES ENTREGA
La diplomacia dominicana ha sido tradicionalmente correcta, formal y silenciosa. Pero el silencio, en la guerra de narrativas, no se interpreta como prudencia. Se interpreta como admisión de culpa.
Cada vez que un informe falso circula sin respuesta contundente, perdemos.
Cada vez que un periodista extranjero escribe desde Puerto Príncipe y no cruza a Juana Méndez para verificar, perdemos.
Cada vez que dejamos que un activista que nunca ha vivido el día a día de la frontera defina qué es ser dominicano, perdemos.
Israel entendió hace décadas que no basta con ganar guerras, hay que ganar el relato. Marruecos, Ruanda, Emiratos Árabes, todos países pequeños o cuestionados, invirtieron en contar su historia. República Dominicana no.
CONTAR NUESTRA HISTORIA ES UN ACTO DE SUPERVIVENCIA
Contar nuestra historia no es atacar a Haití. Es todo lo contrario. Es explicar que dos pueblos con historias traumáticas distintas pueden coexistir sin que uno tenga que cargar con el fracaso del otro hasta hundirse también. Es explicar que la solidaridad tiene límites materiales y que poner límites no es odio.
Tenemos que hacerlo en cuatro frentes al mismo tiempo:
EN LA ACADEMIA
Necesitamos financiar investigación seria, en inglés y francés, con datos, con historiadores, economistas y sociólogos dominicanos publicando en revistas que el mundo lee. No podemos dejar nuestra historia en manos de caribeñistas de escritorio en universidades del norte.
EN LA DIPLOMACIA
Necesitamos una diplomacia narrativa, no reactiva. No esperar a la próxima resolución en la OEA o la próxima condena en Washington. Llevar nuestra versión con cifras, con hospitales, con escuelas, con nombres, con rostros. Con la verdad incómoda de cuánto cuesta la irregularidad.
EN LA CULTURA
El cine, la música, la literatura, el documental. Nadie va a defender mejor la dominicanidad que un artista dominicano contando lo que es vivir en una isla compartida. Si no producimos cultura exportable, otros producirán caricaturas de nosotros.
EN LA PROPIA SOCIEDAD DOMINICANA
Un pueblo que no sabe quién es, no puede explicar quién es. Necesitamos reconciliarnos con nuestra propia identidad, sin complejos, sin pedir perdón por existir. Ni somos europeos, ni somos víctimas eternas, ni somos verdugos. Somos dominicanos, con todo lo que eso implica.
Al final, las naciones no desaparecen solo cuando las invaden. Desaparecen cuando pierden el derecho a nombrarse a sí mismas.
Si no empezamos ahora, mañana despertaremos y en todos los libros, en todas las pantallas y en todas las cortes, seremos el villano de una historia que nunca escribimos y que nunca fuimos.
Y entonces, ya será tarde para aclarar.





