Por: Jhonny González
En la anatomía de las crisis políticas latinoamericanas, existe un fenómeno recurrente que suele disfrazarse de renovación, tecnocracia o mesianismo, pero que en el fondo responde a una vieja dinámica de clase: el asalto al aparato estatal por parte de la pequeña burguesía. Este concepto, lejos de ser un mero anacronismo del siglo XX, ofrece una lente nítida para entender la volatilidad, el clientelismo y la fragilidad institucional que aún arrastran nuestras democracias.
Para desentrañar este fenómeno, es imperativo volver a la mente más brillante de la sociología política dominicana: Juan Bosch.
En sus obras fundamentales, particularmente en Composición Social Dominicana y El Pentagonismo, Sustituto del Imperialismo, Juan Bosch radiografió con precisión quirúrgica a la pequeña burguesía. A diferencia de Europa, donde las clases sociales se consolidaron en torno a la Revolución Industrial, en América Latina y el Caribe la estructura social emergió de manera deformada y tardía.
Bosch argumentaba que la pequeña burguesía no es una clase homogénea, sino un conglomerado fragmentado (alta, mediana y baja) caracterizado por una profunda inestabilidad psicológica y económica. Al no poseer los grandes medios de producción de la oligarquía, pero rehusando identificarse con el proletariado o el campesinado, el pequeño burgués vive en un estado de ansiedad constante por el ascenso social y el miedo al descenso.
«La pequeña burguesía no tiene una ideología propia; adopta la de la clase a la que aspira pertenecer o la de aquella que le conviene en un momento dado», sugería implícitamente Bosch.
Bajo esta premisa, el Estado se convierte en el botín de guerra ideal. Al carecer de una base económica propia e independiente, los sectores pequeño burgueses ven en los ministerios, las direcciones públicas y los presupuestos estatales la vía rápida para su acumulación de capital y su consolidación como clase dominante. El «asalto» no siempre es violento; suele ser democrático, impulsado por discursos que prometen «salvar la patria», pero cuyo trasfondo es la sustitución de una élite por otra para el usufructo del erario.
El asalto al Estado en el pensamiento político universal
La tesis de Bosch no es aislada; dialoga perfectamente con la tradición del pensamiento político universal. Ya en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Karl Marx advertía cómo la pequeña burguesía, en momentos de crisis, se convierte en la base de apoyo de regímenes que prometen orden, pero que terminan instrumentalizando el aparato estatal para sus propios fines, diluyendo las demandas de las clases más vulnerables.
Por su parte, el sociólogo marxista greco-francés, Nicos Poulantzas, en su análisis sobre el Estado y el poder político, explicaba que la pequeña burguesía tiende a ver al Estado como un «árbitro neutral» por encima de las clases. Esta ilusión es la que les permite justificar su asalto: se presentan a sí mismos como los gestores «neutrales», los «técnicos» o los «honestos» que vienen a corregir los vicios del sistema. Sin embargo, una vez instalados en el poder, la falta de una base económica sólida los obliga a parasitar las instituciones, transformando la burocracia en una red de clientelismo y lealtades personales para garantizar su supervivencia.
Asimismo, autores latinoamericanos como René Zavaleta Mercado han analizado cómo estas capas medias, al carecer de un proyecto histórico de largo plazo, suelen oscilar erráticamente entre el nacionalismo popular y el entreguismo oligárquico. El Estado, bajo su gestión, se vuelve errático, carente de una planificación estratégica real.
Consecuencias de la mutación política contemporánea
¿Por qué es crucial entender esto hoy? Porque el asalto al Estado por parte de la pequeña burguesía explica la mutación de la política contemporánea. Cuando estos sectores conquistan el poder sin un proyecto de país, el resultado es previsible:
Hipertrofia burocrática: El Estado se expande no para dar mejores servicios, sino para crear puestos de trabajo para la clientela política de la clase gobernante; corrupción endémica: Al ver el Estado como un mecanismo de acumulación originaria (para «hacerse ricos» rápido), la ética pública se desmorona; volatilidad ideológica: Gobiernos que se autodenominan de izquierda o derecha aplican exactamente las mismas lógicas patrimonialistas una vez que cruzan el umbral de los palacios presidenciales.
El asalto al Estado por la pequeña burguesía es, en última instancia, el triunfo del individualismo y la movilidad social egoísta sobre el bienestar colectivo. Como bien enseñó Juan Bosch, mientras la gestión pública sea vista como el trampolín económico de una clase social aspiracional y no como el instrumento de liberación y desarrollo de las mayorías, el Estado seguirá siendo un botín secuestrado.
El autor es licenciado en Estudios Internacionales, Periodista, ex Diplomático y Catedrático





