Por CARLOS MANUEL MANZANO CONTRERAS
En la República Dominicana, a más de dos años del próximo proceso electoral, algunos sectores han querido imponer una narrativa tan conveniente como irreal: procuran presentar al Partido de la Liberación Dominicana (PLD) como un partido bisagra, destinado a decidir entre el Partido Revolucionario Moderno (PRM) y la Fuerza del Pueblo (FUPU).
Pero esa narrativa no es casual, es una estrategia de campaña muy bien montada y articulada. Se busca instalar en la mente del electorado la idea de que el PLD no es una opción real de poder, sino un actor secundario llamado a inclinar la balanza entre el PRM y la FUPU.
Es una estrategia de la que el pueblo debe estar claro y atento, pero que, con el tiempo, se va a ir desvaneciendo porque la gente y los estudios que se vienen haciendo dan a indicar que los tres partidos podrían estar, prácticamente, caminando muy pegados para el torneo electoral.
El electorado dominicano ha demostrado madurez en distintos momentos históricos. Sabe identificar cuándo se le intenta inducir una narrativa que no corresponde con la realidad. Por eso, este intento de presentar escenarios ficticios de alianzas terminará diluyéndose, a medida que avance el proceso y se definan las verdaderas fuerzas en competencia.
En política, los escenarios no se decretan, se construyen. Y a dos años de unas elecciones, todo está en movimiento. Las alianzas, si llegan a darse, responderán a condiciones concretas del momento, no a narrativas interesadas creadas con anticipación.
Hoy no hay escenario definido. No se sabe quién ocupará el primer lugar, quién quedará en segundo, ni mucho menos quién podría quedar desplazado. Pretender fijar desde ahora esos resultados es subestimar la inteligencia del pueblo dominicano.
Los estudios y mediciones que se vienen realizando apuntan a un escenario competitivo, donde las principales fuerzas políticas —incluido el PLD— avanzan en condiciones bastante similares. Esto cobra aún más relevancia considerando que el PLD ni siquiera ha definido su candidatura presidencial, lo que deja margen para un crecimiento orgánico y una reorganización estratégica.
Los datos más recientes apuntan a una realidad que algunos temen e intentan ocultar: el PLD ronda ya entre 25% y un 28% de la preferencia electoral, ello, sin haber definido aún su candidato.
Ese nivel de posicionamiento, en esas condiciones, no solo es un punto significativo a tomar en cuenta, sino que revela un amplio margen de crecimiento para el PLD, si tomamos como referencia las elecciones del 2024, donde apenas sacó un 10%.
Mientras tanto, otras fuerzas enfrentan dinámicas distintas. El PRM ha mostrado un declive sostenido, con una caída que supera los 20 puntos porcentuales, marcada por el desgaste propio de la gestión de gobierno y sin señales claras de recuperación en el mediano plazo.
Estancada
Por su parte, la Fuerza del Pueblo luce estancada. Diversos estudios reflejan que su crecimiento se ha detenido, e incluso, en algunos casos, presenta niveles inferiores a los obtenidos en las elecciones de 2024. A esto se suma un elemento clave: los niveles de rechazo, que en el caso de su liderazgo principal, representa un obstáculo importante para expandir su base electoral.
En ese contexto, el escenario no solo está abierto aún, sino que tiende a reconfigurarse. Y es ahí donde el PLD se proyecta como la organización con mayor capacidad de crecimiento: pasó de un 10% en la última elección a colocarse cerca del 30% en las mediciones actuales, sin haber alcanzado aún su techo político.
Por eso, insistir en colocar al PLD en un rol de acompañante no solo es apresurado, sino profundamente interesado. Se intenta crear una percepción artificial de que la competencia real está limitada a dos fuerzas políticas, cuando saben muy bien que la realidad es otra.
Pero hay un elemento adicional que no puede pasarse por alto. La coincidencia en el discurso entre el PRM y la FUPU no es casual. La insistencia simultánea en promover la misma narrativa revela una línea de acción que, más allá de la competencia formal, apunta a un objetivo común: intentar parar el crecimiento abrumador del PLD, y evitar que este logre posicionarse como fuerza hegemónica en el electorado dominicano.
Porque esa convergencia discursiva es, en sí misma, una señal política. Porque cuando dos fuerzas que se presentan como “adversarias” coinciden de manera tan sistemática en una misma estrategia comunicacional, lo que se evidencia no es espontaneidad, sino componenda y coordinación de intereses.
Por eso, el relato de la bisagra no solo es falso, sino también revelador. Revela pánico, revela cálculo, y sobre todo revela que la verdadera alianza la mantienen el PRM y la FUPU desde el 2020.
El PLD no está llamado a apoyar a nadie. Está llamado a crecer, competir, y ganar. Y si de hipótesis se trata, entonces todas deben estar sobre la mesa, incluso aquellas en las que otros partidos terminen reconociendo y respaldando al PLD.
El pueblo dominicano merece un debate más serio, más honesto y menos manipulado. Porque al final, no serán las narrativas impuestas las que decidirán el futuro político del país, sino la voluntad soberana del pueblo.






