Por: Jhonny González
La reciente designación del exjefe de la Policía Nacional, general Jaime Marte Martínez, como cónsul en Caracas, capital de la República Bolivariana de Venezuela, no es solo un tropiezo burocrático, sino un esperpento jurídico y político que amerita un escrutinio bajo la lupa del Derecho Internacional Público.
La Convención de Viena sobre Relaciones Consulares de 1963 es meridianamente clara. Para que un agente consular pueda ejercer sus funciones en el territorio de otro Estado, se requiere el consentimiento de este último. Específicamente, el Artículo 11 de dicha Convención establece que el jefe de una oficina consular solo podrá iniciar sus funciones una vez que se le haya concedido el exequátur por el Estado receptor.
En el caso que nos ocupa, la República Dominicana y la República Bolivariana de Venezuela mantienen rotas sus relaciones diplomáticas y consulares desde el 30 julio del 2024. Una ruptura de esta magnitud implica, por definición, que el Estado receptor no tiene a quién otorgar el exequátur ni existe el marco legal para el consentimiento. Nombrar un cónsul en este contexto es tan inútil como izar una vela en tierra firme; es una mera ficción administrativa que choca de frente con la realidad del statu quo bilateral.
Por su parte, la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961 también subraya la necesidad del consentimiento. Su Artículo 4 es explícito al requerir que el Estado acreditante se asegure del asentimiento (agrément) del Estado receptor respecto de la persona que se proponga nombrar como jefe de la Misión. Si bien Marte Martínez es un cónsul (no un diplomático de carrera), el principio de la aquiescencia soberana es un pilar ineludible en la designación de cualquier representante estatal.
Aquí es donde la comedia se torna en sátira presupuestaria. ¿Cómo puede la Cancillería y, más importante aún, la Contraloría General de la República, justificar la inclusión en la nómina pública de un funcionario que, por la ruptura de relaciones, ¿es legalmente incapaz de tomar posesión o ejercer el cargo?
La justificación, si la hubiera, debería ser un ejercicio de contorsionismo legal o, más probable, un simple acto de cinismo. Se podría argumentar, en un arrebato de creatividad burocrática, que el nombramiento está «en espera» o que el cónsul designado está realizando «funciones administrativas» ad honorem o «preparatorias» en territorio dominicano. No obstante, la verdad más cruda es que este tipo de designaciones son frecuentemente percibidas como prebendas, una forma de garantizar un sueldo público a un allegado político o militar sin que este deba mover un dedo en la función para la que fue formalmente nombrado. Es la subversión del mérito por la mecánica del favor, vestida con el oropel de un cargo inexistente
La cereza de este pastel diplomático, cuya receta parece inspirada por la improvisación y el desprecio por la liturgia, es el contexto político circundante. Se nombra a un cónsul en un país cuya cúpula de poder, no hace mucho, tuvo la “gentileza” de referirse al presidente dominicano, Luis Abinader, como «pillo estúpido».
La Locademia diplomática del PRM, con sus nombramientos fantasma y su desdén por los convenios internacionales, nos regala una lección: la política, incluso la exterior, puede ser una tragicomedia donde la única certeza es que el erario público siempre paga los platos rotos, mientras el general Marte Martínez, cual Don Quijote del derecho consular, aguarda en Santo Domingo el exequátur que talvez nunca llegará, salvo que el presidente Abinader tenga información de primera mano sobre algún cambio de “circunstancias”, escuchando, quizá, el eco lejano del epíteto que desató el audaz nombramiento.
Tan acostumbrado está el país a esta especie de surrealismo oficial, que cualquier día de estos, nos sorprende el presidente con la designación, “por Decreto”, de un representante consular en Marte. Quizás tenga suerte el incumbente y este vivo para cuando le llegue el exequátur de la estratosfera.
El autor es licenciado en Estudios Internacionales, periodista, exdiplomático y catedrático.





