Caamaño quería en 1965 reunión con Balaguer

Caamaño quería en 1965 reunión con Balaguer

Por NESTOR URIBE MATOS

Dentro del grupo de altos oficiales de las Fuerzas Armadas dominicanas que se insurreccionó el 24 de abril de 1965 contra el gobierno de facto llamado Triunvirato, estuvo uno muy querido y apreciado por mi familia: el mayor del Ejército Nacional Juan María Lora Fernández, quién pereciera en Santiago el último combate que escenificaron las partes en conflicto, el 19 de diciembre de ese año.

Juan, como siempre le llamamos y le recordamos, fue también abogado, natural de La Vega, casóse con una joven profesional hija de dos prestigiosos entronques de San Cristóbal, la doctora en Farmacia Yolanda de León Aliés, con la que procreara una hermosa familia, la cual nunca llegaría a ver crecer. Ella fue hija de los señores don Pedro de León Valdéz y doña Dulce Aliés Ruíz de De León.

Lo más lejos en el tiempo que recuerdo de él, fue cuando mi familia residió en San Pedro de Macorís en 1960 que nos visitaba vestido de ropa kaki militar con su figura simpática, baja, regordeta y una expresiva y amplia sonrisa de amistad sincera y servicial.

Juan Lora Fernández

Para esa fecha Juan fungía como oficial jurídico, con el grado de capitán, en el Destacamento militar de esa región que comandaba el Teniente Coronel Neit Nivar Seijas. A esta fortaleza militar en San Pedro de Macorís popularmente se le conoce como México, y nunca he podido conocer el porqué de este apodo.

Juan fue todo fue caballero. Igual lo fue su hermano Pedro Ramón Lora Fernández, quien también, como él, formó descendencia en nuestro pueblo; viviendo este último por más tiempo en San Cristóbal y que al desaparecer años atrás, de causas naturales, dejara recuerdos muy gratos e inolvidables en todos los que le conocimos y tratamos.

Adriano Uribe Silva

Juan era un tipo agradable, sereno y sosegado, parco en el hablar y no fue un resentido social. Al través de más de 50 años innúmeras veces me he preguntado cómo accedió a participar en algo que se vió no muy claro desde el principio. La única razón que encuentro de esto último fue su decidido concepto de la amistad y la familiaridad.

Proveniente de una familia donde muchos de sus hijos habían abrazado la carrera de las armas, comenzando por el

Francisco Caamaño Deñó

más significativo de ellos, según mi concepto, el que fuera edecán y hombre de confianza de Trujillo, el general Ludovino Fernández; y terminando por el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, hijo del anterior, una de las cabezas visibles de la conjura militar y que muriera en un enfrentamiento, al decir de sus apologistas, combatiendo a los soldados norteamericanos que ocuparon el país para la fecha referida. Esto último, puesto en dudas por el entonces Embajador de E.U. John Bartlow Martín, en su famoso libro El Destino Dominicano.

Este coronel Fernández Domínguez contó con el respaldo sólido de varios hermanos y primos, todos militares, entre ellos Juan; y quizás este firme y decidido apoyo fuera la causa fundamental que comprometiera a nuestro amigo hasta querer ofrendar su vida, como así ocurrió.

Oportuno es decir, que Juan alcanzó el grado de Mayor en el Ejército Nacional y el de Coronel “full” dentro de las fuerzas insurrectas. Me duele hondamente el recordar la muerte de este querido amigo, vanamente, y de otros dominicanos, sólo para satisfacer el ego de políticos que hoy se vanaglorian (?) de haber participado en una “revolución” que a más de 50 años de ese acontecimiento no vemos finalmente lo que ella aportó para el bienestar de las mayorías nacionales.

Aparte de la gran amistad que siempre existió entre su hermano Pedro y mi familia, por si sola caminó la que hubo

Adriano Uribe Silva

entre Juan y nosotros, quizás con mayor presencia y franca naturalidad. Mis padres (Adriano Uribe Silva y Regina Matos de Uribe) conocieron a Juan a comienzos de los años 50 cuando este visitaba a su hermano Pedro y familia, quienes vivían al lado de la casa nuestra. Estudiaba en la Escuela de Cadetes que para ese tiempo funcionaba en San Cristóbal en el edificio público llamado La Marina, situado en el extremo norte de la avenida 17 de julio o Libertad, como hoy es conocida.

Cuando se inició la conflagración, Juan trasladó a su familia desde Santo Domingo hacia la tranquila San Cristóbal, permaneciendo él en el foco del disturbio.

MENG EL CHINO

Mi padre iba hasta allá para visitarle e intercambiar impresiones sobre los acontecimientos que vertiginosamente se sucedían y a la vez le aconsejaba que primero pensara en su joven familia y se retirara de esa aventura.

Para ello mi papá franqueaba “el cordón de seguridad” que los norteamericanos impusieron en la avenida Pasteur para aislar con el mar Caribe y el rio Ozama a la zona rebelde o “constitucionalista”, como así le llamaban los insurrectos.

El sitio preciso de estos encuentros lo fue siempre el lugar obligado de todos los sancristoberos que visitaban la capital de la República: el restaurant Meng, propiedad del inmigrante chino de este mismo nombre, y que se encontraba en la parada o terminal de vehículos de tránsito público, que viajaban hacia la ciudad de San Cristóbal, frente al lado Sur del parque Independencia.

Durante mi niñez, mi padre o mi madre -cuando se trasladaban conmigo a la capital para dotarme de ropas o zapatos- siempre me llevaban al restaurant de Meng el chino, en donde merendaba un bizcocho de 5 centavos y un helado de leche por el mismo precio.

Aturdido por el hartazgo y también por la larga caminata de tienda en tienda, “me tiraba” en un sofá a descansar, desde donde observaba a mi padre confundirse en sonoros abrazos con amigos de Ciudad Trujillo o de otras regiones del país que ahí frecuentaban. El Dr. Barón Sánchez; Calín Ginebra; Negro Medina; Macuìn Herrera Cambier; Chinvín Read y Jimenito, son los personajes que vienen sin esfuerzo a mi memoria cuando recuerdo este lugar y su época. Se degustaban finas carnes, mariscos y arroces y se bebía en grandes cantidades whiskys Queen Anne, Highland Queen, White Horse y cervezas Schlitz y Past Blue Ribbon, estas últimas norteamericanas y Spaten Brau, alemana.

Ante mi sorpresa por la gran cantidad de personas que conocía y saludaban a mi padre, éste siempre me respondía: “muchas veces las relaciones de amistad valen más que el dinero”.

Cuando la guerra civil de 1965 amainó a consecuencia del cansancio de las partes en pugna o de la intervención de los negociadores políticos, nacionales y extranjeros, Juan visitaba a su familia en San Cristóbal y, antes de partir, visitaba también a la nuestra. Llegaba a mi casa aparatosamente escoltado por soldados vestidos de negro, portando armas automáticas y cuchillo en la cintura, los llamados “hombres ranas”. Algunos se apostaban en el techo de la casa, así como en los jardines, y otros se colocaban estratégicamente en la vía pública.

BALAGUER

En uno de estos encuentros y ya con el Dr. Joaquín Balaguer en el país, proveniente del exilio, le dice Juan a papá: “Nano, llévame donde Balaguer. Me urge hablar con él”.

“Juan, está bien. Dame un par de días para preparar el encuentro. Yo te aviso lo más pronto posible”. Le contestó mi padre.

Mi padre conversa con el expresidente Balaguer y acuerdan el día de la entrevista. Pero días antes de la fecha determinada regresa Juan, muy conturbado y angustiado, se le notaba muy cansado, y dice:

“Nano: ahora Caamaño quiere ir también a la reunión con Balaguer. Tiene mucho interés. Esta situación política la percibimos muy oscura y confusa para nosotros.”

Papá respóndele:

“Bueno Juan, ahora con Caamaño de por medio, me parece que todo cambia. Permíteme volver donde Balaguer para ver que determina”.

Amable lector: En este pequeño interregno de tiempo que transcurre en el cual mi padre diligencia la entrevista definitiva, ocurre el tiroteo del hotel Matún, en Santiago, el 19 de diciembre, donde nuestro inolvidable amigo se encontró con la muerte.

Tanto mi padre como mi madre, así como el entonces coronel Neit Nivar Seijas, siempre le sugirieron buscar una salida honorable o discreta para que abandonara la tan descabellada aventura, como hicieron otros. Me parece, como antes dije, que el firme y apasionado concepto de la familiaridad y la amistad le hicieron confundir u obnubilar el sentido de la realidad, hasta perjudicarle fatalmente.

ANECDOTAS

Para ir finalizando, le recordaré con cosas agradables. Siempre que Juan nos visitaba con su aspecto de buenhomía, sentado en una mecedora y para que el estuche que contenía la pistola no le molestara lo acostaba de plano en sus piernas. Entonces, le solicitaba a mi hermana Leda le pusiese una y otra vez en el tocadiscos la canción “Buenas Noches Mi Amor”, interpretada por el cantor argentino Roberto Yanés. (DAR UN CLIC: https://www.youtube.com/watch?v=EcVoo8rMLHk)

Y, en otra visita que nos hizo, le oí comentarle a mi madre, al observarme riéndome mucho: “Regina, pero Fifí es muy simpático”. Ella contestó: “Oh, sí. Cuando quiere”.

Como Uds. saben, en esto último, nuestro amigo también se equivocó.

Algo que no podría dejar de señalarles es que, a poco tiempo de residir en San Cristóbal, nuestro amigo se enamoró de la joven que sería su esposa y, a quienes llevó de “chaperones” para pedir su mano a los padres de ella, fue a mis padres Adriano Uribe Silva y Regina Matos de Uribe.
En San Pedro de Macorís, cuando Juan llevaba al cine a su esposa Yolanda o iba al Aurora, al Restauración o a bailar a Los Coquitos de don Pipí Escotto, siempre dejaban a sus dos pequeños hijos Juan Manuel y Roselín a la atención y cuido de mi madre y hermanas.