miércoles, febrero 21, 2024
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Alofoke y el cuchillito de palo

Por: CARLOS RICARDO FONDEUR MORONTA

Cuando se está en la cima, donde sea, alguien va al monte a buscar una astilla para fabricar un hacha o un cuchillo de palo.

A Santiago Matías lo quieren colocar en un cepo para martirizarlo por una actividad festiva que podría calificarse como un error o la carrera por lo que existe desde hace años y nadie decía nada, hasta que el niño ése se hizo millonario. No. No se hizo, lo hicieron los padres de los seguidores de Alofoke, una empresa de comunicación o más bien un comunicador al que le han sobrado ganas de hacer una bulla tan grande, que los demás envidiosos no le van a perdonar.

Lo del joven emprendedor es el típico caso de tratar de poner a alguien sobre las espaldas y montarse sobre él como el viejo juego dominicano del «caballito» o «calito mee». Hay que montarse para que, con el sobrepeso, derribarlo. Es como el hacha que derriba el árbol del cual sacarán astillas.

Es tan fácil denostar la sagacidad de Alofoque, que no se gasta dinero, sólo denigrarlo, montarle una encerrona mediática y catapultarlo hacia un Palacio que se encuentra en Ciudad Nueva. La Avenida España le esperará algún día.

Eso de testeos y que ocho cuartos se lo reinventaron recién. Cuando pasado el régimen de Balaguer, la juventud regresó de un tiempo del que no podía escapar, que eran las redadas en las esquinas. Ya la política esquinera no existe desde que las sustancias aquellas se hicieron populares y el Servicio Secreto se volvió obsoleto. No había juventud para leer, pues, estaba proscrita la lectura y si te veían con libros, eras de ideologías raras.

Las altas instancias de la sociedad odian que los pobres aprendan a leer y, por ende, a razonar. Mafalda, la legendaria caricatura del argentino intelectual Quino, que describe a una niña cuasi intelectual rebelde a la época y a cuya figura artística se debe el tema de “leer te hace libre”, te hace fuerte y puedes Dar la cara (nombre tomado de una novela del mismo nombre de David Viñas, 1962) nos ilustra la importancia de poseer una educación fuerte para no ser tomado por los moños y arrastrado por el tiempo.

La falta de conocimientos sobre la vida misma nos lleva a la orilla, como a una barca a la deriva. Santiago Matías no es uno de esos. Simplemente supo capitalizar la falta de intelectualidad de la enorme y activa masa juvenil dominicana y la catapultó a la creación de ganancias económicas y superar las barreras impuestas por la tradicionalista pléyade intelectual.

Los hechos ocurridos en las actividades de Alofoke ya lentamente van pasando, entrando al saco del olvido cuando la mentalidad es escasa, pero las vicisitudes por las que pasó ése joven, fruto de lo que parece ser un acto más bien de envidia, “vendetta”, ignorancia, no quedan en el olvido. Alguien en la sociedad actual debe tener capacidad para entender que fue un show montado a propósito para dañar o para beneficiar.

Recién en mi artículo anterior versado sobre el famoso joven Ky Baldwin, enumeré cómo la juventud Latinoamericana se apartó de los valores de la sociedad en su sentido original y etimológico, bajo el título «Ky Balwin, una lección a los raperos latinos”, el que recomiendo para entender mejor lo que le sucedió no a Santiago Matías, sino a la sociedad concentrada en la zona colonial de Santo Domingo, en lo que se le denomina «testeo» podría tratarse más bien de un ajuste de cuentas.

La sociedad no debe darse el lujo de perderse a una figura de la categoría de Santiago Matías.

No debe hacerlo porque ése tipo de personas catalizan el interés de la población joven y a través suyos pueden enviarse códigos de comunicación coadyuvantes para penetrar efectivamente en la psiquis de nuestros hijos y modificar conductas inapropiadas, modificando a la vez su patrón de preferencias y formas de diversión que moldearán su conducta frente a una sociedad en apogeo, difícil de moldear por los atavíos creados por su propia sociedad.

Lo voy a reiterar: A Santiago Matías debemos asumirlo y consumirlo, no prohibirlo. Debemos cuidarnos de la traición y el cuchillito de palo.

 

El autor es periodista, crítico de cine, residente en Santiago de los Caballeros, República Dominicana.

 

 

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