Una cultura de subdesarrollo institucional

30 Nov 2019 Por Francisco Cruz
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En la bibliografía del escritor, poeta y ensayista Joaquín Balaguer, quien fuera político y Presidente cuasi siete veces –y no quiero referirme a ese polémico ejercicio, donde sobresale el déspota ilustrado-represivo-, hay un texto suyo que retrata, desde el género novela -mezcla historia-sociología-, el alma de lo que otro escritor y político, en término científico-sociológico explicó mejor -el Prof. Juan Bosch, Composición Social Dominicana-: el comportamiento sociopolítico o idiosincrático de las diferentes capaz de nuestra pequeña burguesía en el contexto de una sociedad signada por arritmias históricas, caudillismos y el afán de trascender y sobrevivir de ese conglomerado social que Balaguer supo pintar, usar y desentrañar, como ningún otro político dominicano, en su novela-testimonio Los Carpinteros y su dilatada carrera política.

Pues bien, ese texto aun sigue describiendo el comportamiento psicosocial y político de nuestra pequeña burguesía, en su estratificación y expresión idiosincrática, en tanto ente motor de movilidad social, desarraigo, rebeldía, participación política o ejercicio profesional, técnico o, como la mayoría, en la simple búsqueda de la sobrevivencia humana. Sin contar, que ese segmento poblacional, ha sido el caldo de cultivo y sostén de revueltas, montoneras, guerras, movimientos artísticos, culturales, literarios; pero, sobre todo, de caudillos, líderes y caciques que aun coexisten en la sociedad dominicana disfrazados de demócratas, liberales, trujillistas reprimidos, o de simples alcahuetes, no gratuitos, de un entramado sociopolítico y fáctico que se resiste al cambio auténtico: ese que permita el relevo, ordenado y pacífico, de una sociedad, en su statu quo, tomada por una “camada” -combinación perfecta- de tecnócratas-burócratas, políticos y poderes fácticos que no se jubila ni concibe su vida fuera del control y dominio de los poderes públicos, aun al pie del sepulcro o sostenido por los entresijo de la política, el tráfico de influencia, el fenómeno bocinaje; o el simple, pero sonoro y efectivo, abolengo.

Y así, será muy cuesta arriba crear o construir una cultura de institucionalidad democrática, si cada vez que lo que la Constitución consagra y dispone nos lo queremos saltar, burlar –transfuguismo-prohibición- o, simplemente, buscarle justificación política a lo que no debería admitir discusión: como, por ejemplo, que, un Presidente -el que sea-, en pleno uso de sus atribuciones, decida nombrar o destituir un funcionario. Y hasta eso, en nuestro país, es primera página y tema de tertulias y callejones. ¡Válgame Dios!

Porque, se supone, deberíamos, a estas alturas, estar defendiendo continuidad institucional y no personas, pues estas –las instituciones- son las que deben prevalecer. O como decía un viejo ducho en esos menesteres: “Se da las gracias, a la entrada y a la salida”, es decir, cuando te nombran y/o te cancelan. ¿O no?

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