Cayo Suetonio Tranquilo, y la vida pública de los líderes…

02 Ago 2017 POR: FRANCISCO CRUZ
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Si hay un género literario que me fascina y por el cual, según avanzo en edad, me decanto es precisamente por el biográfico o de memoria-testimonio ya en primera persona –autobiografía- o de la maestría que el género exige, preferiblemente de biógrafos excepcionales o clásicos: Stefan Zweig, Emil Luwig, Margarita Yourcenar, Plutarco; y por supuesto, Cayo Suetonio Tranquilo que, aunque no del todo fiable (por “escabroso”, “oscuro”. “anecdótico” y descriptivo), deja perplejo y brumado a cualquiera por lo que narra y delata de unas vidas –las de doce Césares- que mas que historias, destilan complejidades humanas a veces asqueantes, a veces crueles e inhumanas. Y en el caso nuestro, si de biógrafo hablamos, sobresalen (para mi gusto): Juan Bosch (“Judas Iscariote”) y Rafael Molina Morillo (“Mis recuerdos imborrables”). ¡Dos joyas!

Y no resulta fácil el oficio de biógrafo o cronista –en cualquier época- pues si hay empeño, genialidad y el compromiso de auscultar mas allá de la aureola pomposa o adulación que casi siempre acompaña las vidas de los hombres que trascienden, entonces, se acedera a un cuadro-relato a aproximativo, primero, del personaje y su época; y luego, de su obra, su personalidad, gloria, vicisitudes, debilidades, excentricidades o extravagancias. Y ni logrando esa aproximación científica y humana, escapa, el biógrafo esmerado y atento, a los intereses, deudos y seguidores -ocultos o confesos- de quienes fueran, en algún momento de la historia nacional u universal, depositario de poder, idolatría, fanatismo o de simple actos macabros.

Por ello, Nicolás Maquiavelo sufrió en vida caída y castigo y Cayo Suetonio Tranquilo, subida y bajada. Cierto que ambos se extralimitaron (o se excedieron), uno en sumisión (Maquiavelo) y el otro (Suetonio), en confianza. Pero no hay duda de que ambos, también, nos legaron secretos, recursos-técnicas (en el caso del florentino) y detalles que hoy todavía nos ilustran e informan del lado humano y perverso de que está hecha la condición humana aun vestida-investida de poder y gloria, o de la intrascendencia publica-ciudadana en la que transcurrimos todos los mortales sin distingo de raza, credo, abolengo o preferencias política-ideológicas.

Sin embargo, centrémonos, en lo adelante, en resaltar algunos pasajes-citas del biógrafo romano (Cayo Suetonio Tranquilo) y sus escabrosos relatos sobre la vida de algunos Césares (su clásico: “Las vidas de los doce Césares”, Editorial Plaza, Inc., 2012) unas veces salpicados de extravagancias y otras de excentricidades, o cuando no, de actos execrables, o mejor dicho, repugnantes. Para ello, vayamos a los excesos y decesos (vale decir, cómo vivieron y murieron algunos emperadores romanos, entre ellos; por supuesto, los mas célebres).

De Cayo Julio Cesar (85 a. C – 33 a. C)

Narra Suetonio Tranquilo que “… que le dominaba el hábito del mando, y que habiendo comparado con la suyas las fuerzas de sus enemigos, creyó propicia la oportunidad de adueñarse del poder soberano, que desde su juventud venia codiciando. Según parece, también lo creía Cicerón sí. En el libro tercero de Offitiis (de los Deberes), dice que César tenía siempre en los labios los versos de Eurípides que tradujo de esta manera:

Nam si violandum est jus, regnandi gratia/Violandum est: aliis rebus pietaten colas (“Si hay derecho para violar, violadlo todo por reinar, pero respetad lo demás”).

“Cuando supo que, rechazada la intercesión de los tribunos, habían tenido éstos que salir de Roma, hizo avanzar algunas cohortes en secreto para no suscitar recelos; con objeto de disimular, presidió un espectáculo público, se ocupó en un plan de construcción para un circo de gladiadores, y se entregó como de costumbre a los placeres del festín. Pero en cuanto se puso el sol mandó uncir a su carro los mulos de una tahona próxima, con pequeño acompañamiento, tomó ocultos caminos. Consumidas las antorchas, extraviase y vagó largo tiempo al azar, hasta que al amanecer, habiendo encontrado un guía prosiguió a pie por estrechos senderos hasta el Rabicón, que era el límite de su provincia y donde le esperaban sus cohortes. Detúvose breves momentos, y reflexionando en las consecuencias de su empresa, exclamó [como tantas veces lo rememoró, en algunos discursos, Joaquín Balaguer] dirigiéndose a los más próximos:

-Todavía podemos retroceder, pero si cruzamos este puentecillo, todo habrán de decidirlo las armas.

Por otra parte, [continua Suetonio], nunca concibió enemistades tan hondas que no las desechase así que se le ofrecía ocasión. C Memmio le había atacado en sus discursos con extraordinaria vehemencia, y con gran violencia le había contestado César por escrito, y, sin embargo, poco después le ayudo con toda su influencia a conseguir el Consulado. Cuando C. Calvo, que le había dirigido epigramas difamatorios, pretendió reconciliarse con él por la mediación de algunos amigos, él mismo se anticipó a escribirle. Confesaba que Valerio Catulio en sus versos sobre Mamurra le había señalado con eterno estigma, y en el mismo día le dio satisfacción, le admitió a su mesa, sin haber roto nunca sus relaciones de hospitalidad con el padre del poeta.

Por último, la noche que precedió al día de su muerte, creyó en sueños que se remontaba sobre las nubes y ponía su mano en la Júpiter; y a su vez su esposa Calpurnia sonó que se desplomaba el techo de su casa y que mataban a su esposo en sus brazos, mientras las puertas de su habitación se abrían violentamente por si mismas. Todos estos presagios y el mal estado de salud le hicieron vacilar por largo tiempo acerca de si permanecía en su casa aplazando para el día siguiente lo que había propuesto al Senado; pero exhortado por Décimo Bruto a no hacer aguardar inútilmente a los senadores que estaban reunidos desde temprano salió de la casa hacia la hora quinta. En el camino un desconocido le presentó un escrito en el que le revelaba la conjuración; César le cogió y lo unió a los demás que llevaba en la mano izquierda con la intención de releerlo luego. Las victimas que se inmolaron en seguida dieron presagios desfavorables; pero, dominando sus escrúpulos religiosos, entró en el Senado y dijo burlándose a Spurinna que eran falsas sus predicciones porque habían llegado los idus de marzo sin traer ninguna desgracia, a lo que éste le contestó que hablan llegado, pero no habían aún pasado.

En cuanto se sentó, le rodearon los conspiradores con pretexto de saludarle; en el acto Cimber Telio, que se había encargado de comenzar, acórcesele como para dirigirle un ruego; mas negándose a escucharle e indicando con el gesto que dejara su petición para otro momento, le cogió de la toga por ambos hombros, y mientras exclamaba César: Esto es violencia, uno de los Casca, que se encontraba a su espalda, lo hirió algo mas debajo de la garganta. Cogióle César el brazo, se lo atravesó con el punzón y quiso levantarse, pero un nuevo golpe le detuvo. Viendo entonces puñales levantados por todas partes, envolviese la cabeza en la toga y bajose con la mano izquierda los paños sobre las piernas, a fin de caer más noblemente, manteniendo oculta la parte inferior del cuerpo. Recibió veintitrés heridas, y sólo a la primera lanzó un gemido, sin pronunciar ni una palabra. Sin embargo, algunos escritores refieren que viendo avanzar contra él a M. Bruto, le dijo en lengua griega: ¡Tú también hijo mío!...”.

De Tiberio Claudio Nerón (44 a. C – 100 a. C)

“Laboriosa y agitada transcurrió su infancia, porque desde la más tierna edad estuvo expuesto a fatigas y peligros, acompañando a sus padres por todas partes en su huida. Cuando iban a embarcarse secretamente para huir de Nápoles, adonde acudían sus enemigos, estuvo a punto de denunciarlos con sus gritos, primero cuando le arrancaron dl seno de su nodriza, y después en los brazos de su madre, a quien en tan peligrosa coyuntura querían aliviar de su carga algunas mujeres…

Después de vestir la toga viril, su juventud, y el tiempo que medió después hasta su reinado, pasaron del siguiente modo: dio dos veces espectáculos de gladiadores, uno en memoria de su padre, otro en honor de su abuelo Druso, en épocas y parajes diferentes; el primero en el Foro y el segundo en el Anfiteatro; en esta ocasión presentó algunos rudiarios… (…), Casó primero con Agripina, nieta del caballero romano Cecilio Atico, a quien dirigió sus cartas Cicerón…

De todas las distinciones que le ofrecieron, aceptó muy pocas y las menos brillantes, (…) Mostró viva repugnancia por la adulación, y nunca consintió que ningún senador marchase junto a su litera para saludarle o para hablarle de negocios. Un día, ante un consular que le pedía perdón y que quiso abrasarse a sus rodillas, retrocedió él con tanta precipitación que cayó de espalda. Si en discurso público o en conversación decían de él cosas demasiado lisonjeras, interrumpía al punto al que hablaba, le reprendía y le obligaba a cambiar sus expresiones. Habiéndole llamado uno señor, le pidió que no le hiciese aquella ofensa. Comentando sus ocupaciones, calificándolas de sagradas, obligóle él a substituir la palabra con la de laboriosas; dijo otro que se había presentado al senado por orden suya, y él le obligó a decir por su consejo.

Insensible a la maledicencia, a los rumores insidiosos, y a los versos difamatorios propagados contra él y los suyos, frecuentemente decía que en una ciudad libre, la lengua y el pensamiento debían ser libres. Habiendo pedido el Senado que se averiguase esta clase de delitos y se persiguiese a los culpables, contestó: No estamos tan libres de ocupaciones que debamos emplear el tiempo en tantos asuntos. Si abrís esa puerta, no podréis atender ya otra cosa…

A favor de la soledad y lejos de las miradas de Roma, entregase finalmente sin freno a todos los vicios que hasta entonces, y aunque torpemente, había disimulado. De ellos trataré ahora y también de su origen. En los campamentos, y desde que empezó la vida militar, se le conocía por su extraordinaria afición al vino, hasta el punto de llamarle los soldados, en vez de Tiberius, Biberius, en vez de Claudius, Caldius, y en vez de Nero, Mero. Siendo emperador, y en la misma época en que trabajaba en la reforma de las costumbres públicas, pasó dos días y una noche comiendo y bebiendo con Pomponio Flavio y L. Pisón. A la salida de esta bacanal, dio al primero el gobierno de Siria y al segundo la prefectura de Roma…

La obscenidad fue llevada por él todavía más lejos, y hasta exceso tan difíciles de creer como de referir…

Nunca sintió amor de padre ni por su propio hijo Druso, ni por Germánico, su hijo adoptivo. Odiaba en Druso su carácter blando y la molicie de su vida; no se mostró por ello sensible a su muerte, y apenas terminados los funerales, se dedicó a sus acostumbradas ocupaciones y mandó abrir los tribunales.

Tenía tanto menos celo por los dioses y la religión, cuando que se había entregado a la astrología y había llegado a la persuasión de que todo lo dirigía el Destino. Sin embargo, temía extraordinariamente a los truenos, y cuando había tempestad, llevaba en la cabeza una corona de laurel, por tener tales hojas la virtud de alejar el rayo.

Mientras tanto, habiendo leído en las actas del Senado que habían declarado absueltos, sin oírlos siquiera, a muchos acusados sobre los cuales se había limitado a escribir que los había nombrado un denunciante, pensó, templando de temor, que se despreciaba su autoridad y quiso volver a Capri, fuese como fuese, no atreviéndose a emprender nada sino al abrigo de sus rocas, Detenido, sin embargo, por vientos contrarios y por los progresos de la enfermedad, se detuvo en una casa de campo de Lúculo, muriendo en ella a los setenta y ocho años de edad, y veintitrés de su imperio, el 17 de las calendas de abril…(…). Hay quien cree que Calígula le había dado veneno lento;…

La noticia de su muerte [resalta Suetonio] despertó en Roma tan grande alegría, que todos corrían por las calles, gritando unos: Tiberio al Tiber, y pidiendo otros a la madre Tierra y a los dioses Manes que sólo entre los impíos concediesen lugar al muerto; otros amenazaban, en fin, al cadáver con el garfio de las Germinias…”.

De Cayo Julio Cesar Augusto Germánico –Alias Calígula- (37 a. C – 41 a. C)

Cuenta Suetonio que, “El sobrenombre de Calígula era mote militar y le fue aplicado a causa de un calzado de soldado que había usado en su infancia en los campamentos…

Acompañó a su padre en la expedición de Siria. A su vuelta permaneció primeramente en la casa de su madre, y cuando desterraron a ésta, en la de su bisabuela Livia Augusta, cuyo elogio fúnebre fue pronunciado por él en la tribuna de las arengas, llevando todavía la toga pretexta, pasó luego a vivir con su abuela Antonia. A los veintiún años lo llamó Tiberio a Capri y en un solo día le hizo vestir la toga y cortar la barba, sin otorgarle, sin embargo, ninguna de las distinciones con que señaló la entrada de sus hermanos en la vida pública. Objeto de mil asechanzas y de pérfidas instigaciones por parte de aquellos que querían arrancarle quejas, no dio pretexto alguno a la malignidad, pareciendo como si ignorase la desgraciada suerte de todos los suyos. Con increíble disimulo devoraba sus propias afrentas y mostraba a Tiberio y a cuantos le rodeaban tanta cortesía, que con razón pudo decirse de él que nunca existió mejor esclavo ni peor amo.

Ya en aquel mismo tiempo, a pesar de todo, no ocultaba sus bajas y crueles inclinaciones, constituyendo uno de sus placeres más grato presenciar las torturas y el último suplicio de los condenados. En la noche acudía a los lugares de perdición y adulterio, envuelto en amplio manto y oculto la cabeza bajo una peluca. Tenía pasión especial por el baile teatral y por el canto. Tiberio no contrariaba tales gustos, pues creía que con ellos podía dulcificar su condición feroz, habiendo comprendido tan bien el clarividente anciano su carácter, que decía con frecuencia: Dejo vivir a Cayo para su desgracia y para la de todos, o bien: Crio una serpiente para el pueblo y otro Faetón para el Universo.

Cierta vez “En medio de un espléndido festín comenzó de pronto a reír a carcajadas; dos cónsules sentados a su lado, le preguntaron con acento adulador de qué reía: ales que pienso, contestó, que puedo con una señal haceros estrangular a los dos”.

Era Calígula [describe Suetonio] de elevada estatura, pálido y grueso; tenía las piernas y el cuello muy delgados, los ojos hundidos, deprimidas las sienes; la frente ancha y abultada, escasos cabellos, con la parte superior de la cabeza enteramente calva y el cuerpo muy velludo. Por esta razón era delito capital mirarle desde lo alto cuando pasaba, o pronunciar, con cualquier pretexto que fuese, la palabra cabra. Su rostro era naturalmente horrible y repugnante, pero él procuraba hacerle aun más espantoso, estudiando delante de un espejo los gestos con que podría provocar más terror. No estaba sano de cuerpo ni de espíritu; atacado de epilepsia desde sus primeros años, no dejó por ello demostrar ardor en el trabajo desde la adolescencia, aunque padeciendo sincopes repentinos que le privaban de fuerza para moverse y estar de pie…

(…) Convivía “…la reunión en este emperador de dos defectos muy opuestos; confianza excesiva y excesiva cobardía. Este mismo hombre que tanto despreciaba a los dioses, cerraba los ojos y se envolvía la cabeza al más leve relámpago y al trueno más insignificante, y cuando aumentaba el estruendo se escondía debajo de su lecho…

Su ropa, su calzado y en general todo su traje no era de romano, de ciudadano, ni siquiera de hombre. A menudo se le vio en público con brazalete y manto corto guarnecido de franjas y cubierto de bordados y piedras preciosas; se le vio otras veces con sedas y túnica con manga. Por calzado usaba unas veces sandalias o coturno, y otras bota militar, algunas veces calzaba sueco de mujer. (…), y no era raro verle con la coraza de Alejandro Magno, que había mandado sacar del sepulcro de este príncipe.

Quería tanto a un caballo que tenía llamado Incitatus, que en la víspera de las carreras del circo mandaba soldados a imponer silencio en la vecindad, para que nadie turbase el descanso de aquel animal. Hizo construirle una caballeriza de mármol, un pesebre de marfil, mantas de púrpura y collares de perlas; le dio casa completa, con esclavos, muebles, y todo lo necesario, para que aquellos a quienes en su nombre invitaba a comer con él, recibiesen magnifico trato, y hasta se dice que le destinaba el consulado.

Estas extravagancias y horrores llevaron a algunos ciudadanos a concebir el proyecto de quitarle la vida…

El 9 de la calendas de febrero, cerca de la hora séptima, mientras dudaba si se levantaría para comer, porque tenía el estomago cargado aun de la comida de la víspera, le decidieron a hacerlo sus amigos y salió. Tenía que pasar por una bóveda, donde se ensayaban entonces algunos niños pertenecientes a las primeras familias del Asia y que él había hecho acudir para desempeñar algunos papeles en los teatros de Roma. Detúvose a contemplarlos y exhórtalos a hacerlo bien, y si su jefe no le hubiese dicho que perecería de frio, ya retrocedía para disponer que comenzase el espectáculo. No están de acuerdo todos acerca de lo que sucedió después; según unos, mientras hablaba con los niños. Querea, colocado a su espalda, le hirió violentamente en el cuello con la espada, gritando: ¡Haced lo mismo! y en el acto el tribuno Cornelio Sabino, otro conjurado, le atravesó el pecho…

Vivió Calígula veintinueve años y reinó tres años, diez meses y ocho días. Su cadáver fue llevado en secreto a los jardines Lamianos, lo chamuscaron en una pira improvisada, y lo enterraron luego cubriéndole con un poco de césped…

Se ha observado que todos los césares que habían llevado el nombre de Cayo, empezando por el que fue asesinado en tiempo de Cinna, perecieron por medio del hierro”.

Finalmente, agregamos nosotros, el poder, en todos los tiempos, tiene sus encantos y desgracias; y casi siempre, trae aparejado el sabor agridulce del acecho y venganza. Los pasajes de Cayo Suetonio Tranquilo, aquí citados, lo confirman con espantosa parsimonia y sin ahorro de detalles...

Fco. S. Cruz


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